Política
Cultura, patrimonio y el fin de los subsidios estatales al arte militante
Hay que decirlo con todas las letras: la discusión sobre el patrimonio cultural y la obra de artistas históricos como Ana Weiss de Rossi nos obliga a replantearnos qué rol debe tener el Estado en la cultura. Durante décadas nos vendieron el cuento de que la cultura oficialista era un bien público incuestionable, cuando en realidad era una caja negra donde los políticos y amigos del poder repartían la guita de los contribuyentes en festivales berretas y museos militantes. Menos mal que llegó una administración que entiende de prioridades, equilibra las cuentas y corta con el curro de la pauta cultural, porque sostener el Estado presente era una estafa a los argentinos que laburan todos los días.
Obviamente, desde la vereda de enfrente se rasgan las vestiduras hablando de desfinanciación y ataques a la identidad, pero la verdad es que la libertad creativa y el verdadero valor artístico no necesitan de ningún subsidio estatal para trascender. Los mismos que aplaudían el vaciamiento kirchnerista y el festival de nombramientos en ministerios inútiles ahora se atemorizan porque la motosierra barrió con los privilegios de los parásitos de siempre. No la ven, siguen viviendo en el relato de los noventa y no entienden que la gente votó un cambio profundo para dejar atrás el colectivismo empobrecedor.
Me llama poderosamente la atención cómo los defensores del modelo anterior se escandalizan por un reordenamiento presupuestario mientras defienden un modelo que dejó a la mitad del país en la pobreza. ¿Tan acostumbrados están a vivir de arriba que les parece un sacrilegio que el Estado se ocupe de lo importante en vez de bancarle los caprichos estéticos a la progresía intelectual? ¿Hasta cuándo van a seguir llorando por la pérdida de curros estatales en lugar de apostar al mérito y al talento genuino?